Texto de presentación de Peregrinos de Shambala (Alma Canina)

wpid-1405614125070.jpgAsí como hay novelas negras o hasta rojas si se pasan de gore y sangrientas, rosas, las muy románticas, también hay chistes verdes o poemas deliberadamente azules, “Peregrinos en Shambala” es una novela naranja.

¿Qué locura es esta de una novela naranja? Antes de asustaros, dejad que os explique mi punto de vista sinestésico, empezando por aclarar de qué va esto. La sinestesia es la interferencia de varios sentidos en un mismo acto perceptivo. Le ocurre a quien es capaz, por ejemplo, de oír colores o ver sonidos. Esta pequeña “avería” suele ser característica de gente muy muy sensible y también un síntoma de algunos autismos y epilepsias.

Nuestra saludable novela es, ya os digo, de color naranja, un color cargado de simbolismo tanto en oriente como en occidente. En ambos casos es un color rebosante de energía, pero una energía de distinto signo si procede del este o si viene del oeste.

En nuestro mundo occidental, el naranja es un color atrevido, alegre, lleno de luz y ligereza. Pero no por ello diremos que “Peregrinos en Shambala” es una novela frívola, aunque sí tiene ratillos livianos, escenas cargadas de humor blanco y humor negro, personajes disparatados que te descolocan, pero a los que su gran humanidad vuelve a situar en escena sin contratiempos , y por fortuna no sólo a nosotros, los lectores. Lo sorprendente es que dichos personajes (entre los que destaco al tocayo del protagonista, Tomasito, una auténtica perla literaria para quien tenga un paladar heterodoxo) son un contrapeso importante para Tomás, hacen que este tome tierra, pues su mística búsqueda le levanta los pies del suelo en más ocasiones de las deseadas.

Nuestro color naranja, el occidental, en su afán por llamar la atención, es uno de los colores que mejor se ve en la niebla, incluso en la noche. Y aquí ya lo enlazo con su hermano el naranja oriental, un color cargado de energía interior, un color que nos ayuda a ver en otra noche. En el hinduismo, los colores cálidos entre los que destaca el naranja, están ligados al sacrificio, a la sangre. Solo que la sangre para ellos tiene un poder generador y regenerador ligado a potentes deidades del que carece en nuestra simbología occidental, en el que triunfa su poder destructor. Es en su versión más azafranada es el color de la pureza y la renuncia, el color con el que algunos sadhus o santones marcan con ceniza su frente, tiñen sus barbas y hasta sus rastas. En la otra gran religión oriental, el budismo, el naranja también es el color espiritual por excelencia, el elegido por los monjes para sus hábitos, todo un símbolo de desapego material.

Por eso digo que nuestra novela es naranja sobre todo si la miramos desde oriente, pues trata principalmente de un viaje iniciático, de una búsqueda espiritual tan intensa que hace llegar a su protagonista a pisar la nieve de la mítica Shambala, en las mísmisimas estribaciones del lejano Himalaya.

Así que aclarado lo del color y dando una vuelta de tuerca sinestésica al asunto, diré que esta novela también se puede comer, que es una fruta sabrosa. Habéis acertado: ¡es una naranja! Una redonda naranja que a veces es dulce, otras ácida y bastantes veces agridulce. Pero en todo momento “Peregrinos en Shambala” es una novela cargada de ricas vitaminas.

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